3 jun. 2010

El Mapa de Los Lunares de tu Cuerpo

Hace ya mucho tiempo que mi mano derecha, aprovechando que la izquierda dormía, decidió aventurarse para trazar un mapa de los lunares de tu cuerpo.
Levantó tu camiseta despacio, valiéndose de lo profundo de tu sueño y de tu extraña postura al dormir, para enseñorearse del hueco de tu cintura, donde se pavoneó largo rato divisando los bellos paisajes que de un lado a otro se le ofrecían. Con cuidado, mirando bien donde ponía los dedos, bajó por la cintura hasta encontrar el ombligo. Ahí, justo al lado, mis ojos le habían contado que encontraría el primer lunar. Jugueteó un rato con él y después apuntó su posición exacta, por si tenía que volver. No pudo evitar darse unas vueltas por esa placita perfectamente circular , kilómetro cero de tu cuerpo. Al final, se mareó y en lugar de marchar hacia abajo (motivo oculto de su viaje) subió hasta que el suelo bajo sus dedos se volvió duro. Ahí creyó recordar que la boca le había contado que existía otro lunar y, aunque le costó localizarlo al tacto, al fin pudo jugar con él y apuntar después su dirección exacta, por si tenía que volver. Decidió entonces subir atravesando las costillas, camino más difícil que la autopista del esternón, pero recordó también que al final se hallaba esa cordillera suave a la que tanto le gustaba acudir. Además pensó que por allí encontraría otro de los lunares. Y subió despacio, para constatar que efectivamente eso que recordaba que coronaba aquella cima no era un lunar. Eso sí, jugó (mucho) con él y no necesitó apuntar su posición, porque estaba seguro de que volvería sin perderse.
Al bajar hacia el cuello por el otro lado de la montaña localizó otro lunar, pequeño y más juguetón que los anteriores. Jugó un ratito con él, arrullado por el vaivén de tu respiración. Apuntó su posición y siguió caminando con dedos hábiles hasta encontrar el más bonito de todos, aquel del que hablaban ojos y boca, justo al lado del labio. Jugó con él y apuntó su posición, porque merecía la pena volver.
Se le hacía tarde, amanecía y debía regresar sin haber culminado su misión, así que esta vez sí utilizó la autopista del esternón y llegó al ombligo en un santiamén, sin hacer la rotonda, sino saltando por encima. Justo enseguida sabía que había otro pequeño lunar, a la derecha, bajo la cicatriz de la apendicitis, pero casi no jugó con él y olvidó apuntar la posición porque tenía prisa por llegar hacia abajo (motivo oculto de su viaje). Se aventuró despacio subiendo la pequeña cuestecita y extrañándose del modo tan rápido en que había crecido la vegetación desde su última visita. Una vez a las puertas, nombró al dedo corazón explorador y le mandó a la cueva. Ahí ya no habría lunares, sólo calorcito y, con suerte, esa humedad que tanto le gustaba.
Pero al instante una mano, salida del extremo de tu brazo, hizo prisionero al dedo explorador y lo alejó de la zona de inmediato. Mi mano derecha aguardó expectante, -quizás hubiera que rellenar algún permiso para entrar-. Tu mano izquierda soltó mi dedo corazón, se colocó como barrera y tu derecha, con voz irónica y tendiéndose en modo de saludo, preguntó con cierto retintín: “El Doctor Livingstone, supongo…”

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Luigghi